27.Sep.2007 at 27 | jsajuria
Basta de buenas intenciones.
La Responsabilidad Social se trata de esto, de no centrar la vista en las intenciones, sino que hacerse cargo de los impactos y resultados de nuestras acciones y sus efectos directos e indirectos. Está de moda conversar acerca de este tema y comúnmente lo asociamos a las empresas, pero la responsabilidad tiene una mirada mucho más amplia. Si nos centramos en ese pequeño predicado, el de “hacernos cargo”, podemos llegar a conclusiones que muchas veces nos molestan, pero que no dejan de ser ciertas. Ejemplos que pueden parecer burdos, como botar papeles al suelo o no pagar la micro, adquieren importancia vital a este respecto, pues nos permiten dimensionar como nos estamos haciendo cargo del impacto de nuestras propias acciones. ¿Nos hemos cuestionado cuál es nuestra responsabilidad en el desarrollo del país, o en la seguridad ciudadana, o en los grandes problemas de Chile?
Nuestro país sufre de un mal de autocomplacencia, pero que no sólo afecta las instituciones o la política, sino que nos afecta a cada uno como miembros de una sociedad. Es imposible criticar a otro porque siempre hay una respuesta como “lo hice con buena intención” ante una falta, con lo que se deja de lado el daño o impacto que se causa. Esta especie de moral particular nos inunda y no nos permite asumir que una buena intención no asegura buenos resultados y que, muchas veces, pareciera que nos quedamos contentos con sólo cumplir el primer requisito. Fijarnos sólo en las intenciones tiene el efecto perverso de hacernos sentir bien aunque el impacto de nuestras acciones sea negativo.
Pero no sólo tiene que ver con una autocomplacencia, sino con una fijación casi dogmática en los derechos. Tenemos la tendencia permanente de vernos como consumidores – en nuestra relación con privados como empresas, colegios u otros –, o como beneficiarios – en relación con el Estado y los servicios públicos. Pero pareciera que olvidamos las responsabilidades que estos derechos traen y el impacto que generamos al evadirlas. No creo en la pugna añeja entre derechos y deberes, sino que creo que todos los actores de una sociedad son sujetos de derecho – y debemos trabajar en que incluso los más postergados lo vean así – y a la vez son responsables del buen o mal uso que hagan de esos derechos. Si tomamos partido en esa pugna, estaremos haciendo un daño más a nuestra sociedad (¿Quién se hace cargo de eso?)
La responsabilidad, con el apellido que se le ponga, no es más que este pequeño desafío. Dejar de preocuparnos exclusivamente de nuestros propósitos y enfocarnos más en cómo traducimos esas intenciones en resultados positivos y benéficos. Ejemplos de situaciones como estas sobran: voluntariado que, por no preocuparse de un generar un vínculo con la comunidad termina siendo paternalista; políticas públicas mal diseñadas que terminan afectando la calidad de vida; protestas que terminan en actos vandálicos; paros que afectan a la economía del país; etc. Pero los ejemplos más certeros son los que vivimos y realizamos, nosotros mismos, cada día y de cuyas consecuencias nos escudamos diciendo que “fue sin mala intención”. Esta es una tarea compartida por toda la sociedad, sea el Estado, nuestra clase política, las empresas, ONG, pero sobretodo, nosotros debemos estaratentos a los efectos (positivos y negativos) que dejamos en nuestro entorno.
















