Cara & Sello: ¿Requieren los políticos un trato especial? Parte II

* Esta es mi columna publicada en Revista Capital, perteneciente a un contrapunto con el cientista político Kenneth Bunker. (Si quieres ver el original, haz click aquí)

El tema de las dietas o “sueldos” de los parlamentarios ha estado en boca de todos estas últimas semanas. La tragicómica decisión de los diputados de aumentarse las asignaciones por bencina no sólo es carente de criterio, sino que nos muestra una falta de realidad de nuestros representantes. Pero una cosa es el poco sentido común de los honorables y otra, muy distinta, es pensar que las remuneraciones en el servicio público se deben asemejar a la pobreza franciscana.

Uno de los principales anhelos de nuestra patria es contar con una clase política diligente y responsable, que vele por los intereses de la ciudadanía y que obre con un verdadero sentido de bien común. Constantemente estamos buscando a aquellas personas que, llenas de una sana vocación, tengan el ímpetu de meter las manos en el enlodado mundo político. Pero no podemos pretender que toda esa actividad se alimente, únicamente, de la buena voluntad de los involucrados. Necesitamos, entonces, entregarles –en este caso, a los parlamentarios– los recursos necesarios para que puedan realizar de buena forma su labor.

Últimamente, la imagen de la sala de sesiones vacía no hace más que inducir nuestra opinión a creer que el país le paga a una tropa de zánganos que dedican su tiempo a jugar al fútbol. Pero la realidad dista mucho de eso. Si bien siempre habrá malos elementos que prefieran el lucro o interés personal al sincero servicio, no podemos cargar con ese mote a una mayoría de parlamentarios que se aboca, día a día, a su labor política y distrital. ¿Cómo esperamos que un diputado o un senador pague a asesores de nivel que le apoyen en su trabajo legislativo, si no proveemos esos recursos? ¿Cómo esperamos que aquellos parlamentarios cuyos distritos o circunscripciones son de vasta extensión territorial la recorran y recojan las inquietudes de sus electores, si no les facilitamos el proceso? Propongo, entonces, un sistema que vele por la buena utilización de los recursos públicos, donde sigamos diversos mecanismos de asignación de dinero de acuerdo a las necesidades del parlamentario y de su territorio o electorado. Un ejemplo a seguir es el de la Biblioteca del Congreso, que provee de expertos en diversos temas a los diputados y senadores, para que los nutran de contenido y análisis. Otra reforma posible es implementar un adecuado sistema de rendición de cuentas, mediante el cual toda la ciudadanía pueda conocer dónde y cómo se gasta su dinero. Ninguno de estos procedimientos, o de otros que podamos crear, implica una reducción de recursos a este importante poder del Estado, sino que una adecuada redistribución de los mismos. Si seguimos una oleada de desprestigio barato, que nos dice que todos nuestros representantes son malos y que todos deben irse para su casa, simplemente no se aporta en nada a la construcción del país. La democracia cuesta, y mucho, pero vale la pena.

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