20.Jan.2009 at 20 | jsajuria
35 Palabras

Columna publicada en LaTercera.com
Al parecer mi debut en estas lides fue algo difícil, por lo que me hago cargo de algunos comentarios que apelaban a que no justificaba bien mi postura acerca de que Obama representaba la renovación política en los Estados Unidos. Bueno, aquí va el primer intento.
Estados Unidos es un país lleno de ritos, al menos en cuanto a sus instituciones democráticas. En un país donde su Constitución es la misma desde 1778 y que su estuctura orgánica es similar a la de ese entonces, hay una serie de tradiciones que modelan la manera en que comprenden y viven el acontecer político. Obama ocupó el mismo recurso que todos los políticos de su país: usar y reusar todas y cada una de las tradiciones que puedan marcar una conexión con sus electores. Pero la innovación fue que el nuevo presidente supo resignificar cada uno de esos ritos, otorgándoles un nuevo contenido y mensaje. Así, hechos como iniciar su campaña en la tierra de Lincoln o tratar de reeditar el memorable discurso de Kennedy en Berlín, no sólo aparecen como excelentes piezas publicitarias, sino que se conviertieron en hitos de Obama, no en una repetición de actos.
Pero cuando me refiero a renovación, estoy hablando de tres elementos esenciales que modelan el discurso del ex-candidato: renovación de caras, contenidos y estilos.
Caras. Obama no es sólo un nuevo presidente y de un nuevo partido. Ni siquiera se puede justificar el argumento desde una perspectiva racial (Obama no es descendiente de esclavos, sino que es hijo de un africano que fue a estudiar a EE.UU.). Obama tiene sólo 12 años de trayectoria política, desde que empezó como congresista estatal hasta su triunfal ingreso a la Casa Blanca. Además, supo enfrentarse a una de las familias más influyentes de su partido: los Clinton. Desde adentro de su partido, supo cambiarle la cara a un sector político comúnmente relacionado con las elites intelectuales y lo conectó con las masas de su país.
El equipo de campaña de Obama era una justa mezcla entre experiencia y nuevas generaciones. Personas como Dave Axelrod, su asesor más directo y un avezado en campañas políticas, mezclaban labores con David Plouffe o John Faverau, quienes diseñaron la campaña y escribieron sus discursos, respectivamente. En definitiva, no sólo la figura del nuevo presidente representa una persona nueva y desconocida hasta hace algunos años, sino que también ha traído a todo un equipo de asesores que representan a una nueva generación.
Contenidos. Es cierto, el último libro de Obama contiene varias páginas donde se refiere a temas clásicos de la política estadounidense: educación, previsión social, guerra contra el terrorismo, conflictos raciales, entre otros. Pero la manera en la que se presentan los temas y las soluciones a estos problemas, representan una mirada novedosa. El discurso sobre el racismo, en el que se desmarcó de las visiones clásicas cargadas de odio; el anuncio del cierre de Guantánamo; la propuesta de terminar con la guerra en Irak; su interés por explorar nuevas alternativas energéticas; su recorte de impuestos ante la crisis económica, etc. En definitiva, los norteamericanos han comenzado a discutir nuevos temas y a buscar nuevas miradas a los clásicos. Sin duda lo que ha ocurrido en la campaña es sólo un inicio de este proceso, pero permite esperanzarse en que los rumbos del nuevo gobierno irán por ese camino.
Estilos. La campaña de Obama ha representado una nueva manera de comprender y de realizar la acción política. El presidente norteamericano no fue el primero ni el más comprometido con el uso de Nuevas Tecnologías en una campaña, pero supo aprovechar la experiencia que el Partido Demócrata había acumulado desde las campañas de Jim Webb o Howard Dean y logró ganarse la confianza del ejército de bloggers y activistas online con que contaban las bases de su partido (recomiendo leer el libro Netroots Rising). Pero no sólo planteó una nueva manera de realizar campañas digitales, sino que logró entregar el poder de lo que ocurría dentro de su equipo a sus adherentes. Obama no aceptó dinero de grandes lobbystas ni grupos de interés, sino que formó una gigantesca red de pequeños donantes que decidieron entregar, en promedio, unos US$100 por persona. Con ello, no sólo hizo sentir a la gente que era dueña de un pedazo de su campaña, sino que los hizo partícipes de la hazaña. La clásica cita en donde plantea que no se debe confiar en su habilidad de cambiar la manera en que se realiza política en Washington, sino que en la habilidad de sus seguidores, representa con exactitud esta afirmación. Sin ir más lejos, el mecanismo que decidió usar para llenar los miles de cargos públicos de designación directa fue a través de la creación de una página web en donde cualquier ciudadano o residente de los EE.UU podía postular. Algo así como el Servicio Civil, pero para aquellos puestos de exclusiva confianza. Con todo esto, se generan nuevos paradigmas de participación política y de identificación con un candidato. La manera en que realizó su campaña, abriendo puertas a los que estaban lejos de la política o, simplemente, siendo honesto en la obtención y uso de recursos, nos permite anticipar la manera en que pretende gobernar. Uno de los leiv motif de Obama era cambiar las maneras y se espera mucho de lo que haga al respecto.
Dentro de estos tres elementos pretendo plantear una somer tesis acerca de los elementos necesarios para una renovación política y de por qué Obama lleva la delantera en estos temas. Sin duda todo el proceso es perfectible, pero marca la ruta en lo que se debería hacer para lograr ese objetivo.
Ahora, ¿por qué el título de esta columna? Básicamente porque el juramento que realizará el Presidente Electo obedece a otro de los innumerables ritos estadounidenses en donde, luego de una fórmula de 35 palabras, podrá pronunciar frases tan célebres como las que nos dió Kennedy el día de su asunción: “No se pregunten qué es lo que su país puede hacer por ustedes, sino en lo que ustedes pueden hacer por su país”















