El Viejo (Raúl Alfonsín)

Christian Austin, Presidente de la Fundación Síntesis, argentino, ha enviado a su lista de correos un sentido homenaje a Raúl Alfonsín, ícono de la transición democrática argentina y actor protagonista de la historia reciente del vecino país. Podemos estar de acuerdo o no con su legado, pero no hay duda de su relevancia histórica. Los dejo aquí con la visión de Austin sobre Alfonsín.

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Raúl, Don Raúl, Doctor. Así nos referíamos a él en su propia presencia. Entre nosotros, era “el viejo”.

Lo sentíamos nuestro abuelo político. La relación con nuestros padres políticos era pésima. Inestable. Los veíamos llenos de errores, de agachadas, de traiciones. Astutos y hábiles pero muy mañosos. Los admirábamos mucho pero manteníamos la íntima convicción de que a la hora de elegir, ellos no nos dejarían pasar.

El viejo era diferente. Tan hábil y astuto, mañoso como el que más. Pícaro con su sonrisa campechana, que no se le fue nunca, pero mucho más entero. Menos doblado que el resto de su partido. Que todo el resto.

A Don Raúl le gustaba jugar todas las partidas. Se entretenía igual con una interna local, en una circunscripción perdida de La Pampa como con una gran confrontación a escala nacional. Y se las sabía todas, era asombroso -asombroso- verlo al teléfono o reunido con un grupo de dirigentes de tercera o cuarta categoría, poroteando y armando un entramado político - bah, una rosca, una trenza-, conoció a infinidad de dirigentes, amigos y no tanto y sabía cual era la talla de los zapatos de cada uno. Argentina es grande, tiene muchos pueblos y ciudades. El Doctor tenía amigos, conocidos, una pregunta sobre algún familiar enfermo y una historia para contar en cada uno de esos pueblos.

Sus furias y rabietas también eran dignas de mención. Haber sido testigo de alguna de ellas, cuenta a estas alturas como un secreto privilegio. Pero a sus nietos, estas rabietas no nos ponían tan incómodos. Nos daban un poco de risa (que supimos contener) y nos permitían tomarle el peso a los asuntos sobre los que divagábamos. A fin de cuentas, el cascarrabias era nuestro abuelo. El viejo.

La trama secreta, con características de rito iniciático, que significaba para todos nosotros conocer algunos datos, era motivo de
fanfarroneo y arrogancia. El nombre de pila del custodio, Danielito. O el número de teléfono que atiende Margarita, su eterna secretaria. O ser invitado a calle Santa Fe (al 5°? o al 8°?). Salir por el estacionamiento de la vuelta “para no ser visto”… que honor.

Estos días de tranquila tristeza me traen muchos recuerdos. Cuantas cosas, cuantas cosas hice en mi vida por Raúl Alfonsín!

En el ‘91, armamos un acto en un pueblo cerca de Rosario. Si no me equivoco, fue su primera aparición pública después de un par de años de auto impuesto ostracismo. Su discurso, por aquellos tiempos, tenía por motivo repensar los últimos tiempos de su gobierno y reivindicar la entrega anticipada del poder. Era humilde y contabilizó varias de las causas del deterioro en la cuenta de sus propios errores personales. Se cargó de enormes responsabilidades sobre el fracaso en el control de la inflación, el plan Austral y las dificultades del país.

Hoy, cualquier comentarista afirma lo que por aquellos tiempos era un sacrilegio decir: había sido víctima de un “golpe de estado económico”. Hasta sus detractores se conocen de memoria la fecha, 6 de febrero. Los nietos lo sabíamos.
Por esa época, aprendimos el concepto de ética de la responsabilidad. Releyó a Weber buscando fuentes en la teoría política. Nosotros nos ejercitamos matizando las acusaciones que recibía por parecer tibio frente a los carapintadas; reafirmando su tozuda convicción de no involucrar carne de cañón civil para defender la democracia, que ahora, parece una buena idea.

Ese proceso de reaparición pública termino, un tiempo después, con un acto masivo en Autopista Center (un lugar muy raro, debajo de la autopista, en Flores). El viejo estaba rejuvenecido, con su cabello ybigotes cuidados, un notorio mejoramiento de su condición física y delgado! Y dale Flaco, dale, dale flaco! Cantábamos eufóricos. El menemismo ya mostraba su peor cara. Su carácter corrupto y regiminoso. Alfonsín era quien con más vigor y fuerza señalaba el tétrico camino por el que transitaba la Argentina y de a poco iba reencontrándose con sus bases, con la gente que lo quería pero aun estaba enojada por su
periodo de gobierno.

El viejo llenó un espacio enorme de la política argentina del menemismo que lo condujo a la reforma constitucional y posteriormente a la génesis de la Alianza y la victoria de De la Rúa. Era la época en que había varios sectores alfonsinistas, nosotros, con ingenuidad y orgullo, nos autodenominábamos alfonsinistas sin intermediarios. Y algo de eso había. Compartimos el peculiar espacio político con los Irrompibles, los pibes del comité de la calle Formosa 114.

Personalmente, me siento protagonista de ésa época. Un actor secundario. Casi un extra. Pero estuve en esa película.

El viejo nos acompaña al ascensor. Vestido con una camisa con rayitas, corbata bien ceñida en el cuello arrugado, blando, y un gastado cardigan azul. Estaba en su casa, de buen humor. Después de la siesta, había conversado por teléfono con su amigo Sanguinetti. Nos abraza con cariño y afecto, nos da su mano, firme pero ya temblorosa y nos despide con palabras de aliento y buenos deseos. Chau Raúl, cuídese. Chau viejo. Chau.

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