16.Apr.2009 at 16 | jsajuria
Renuncia de Longueira al comando de Piñera: La política es sin llorar
Publicado en La Tercera el día 16 de abril de 2009.

La decisión de Pablo Longueira de abandonar el comando de Sebastián Piñera, para hacerse cargo de la campaña de Rodrigo Alvarez al Congreso, puede tener muchas lecturas. La primera, obviamente, es interpretarlo como un nuevo signo de luchas internas en la oposición, las mismas que los han llevado al fracaso electoral en el pasado y que merman la confianza ciudadana en su capacidad de gobierno. La derecha nos tiene algo acostumbrados a los codazos y zancadillas en público, por lo que no resulta tan sorprendente la movida. La Concertación, en cambio, solía ser un grupo más bien pétreo, con sus diferencias llevadas por dentro. Digo que solía, porque después del “desastre de Rancagua” pareciera que los códigos de conducta concertacionistas fueron olvidados.
En ese sentido, las declaraciones del locuaz secretario general de la UDI, Víctor Pérez, culpando a RN de la decisión de Longueira, no hacen más que reafirmar la frágil relación de ambos partidos. De paso, la actitud del gremialismo deja ver su profundo temor a la competencia, cimentado en su apego a un sistema electoral – el binominal – que la coarta. El enojo ante la intención de Monckeberg de competirle a Álvarez el cupo parlamentario, nos da cuenta de una concepción de la política algo añeja, basada en acuerdos de las elites y a espaldas de la ciudadanía. A la larga, cuando la UDI reclama, lo que está haciendo es decir que le están cambiando las reglas del juego y que ya no es posible decidir toda la plantilla parlamentaria en los mullidos sillones del partido. Sus compañeros de pacto han decidido salir al paso con su mejor caballería y, de paso, han demostrado un mayor compromiso democrático al entregarle a los electores la decisión. No es el mundo ideal, pues la derecha no conoce de primarias o de otros mecanismos más democráticos para elegir sus candidatos, pero al menos es un paso en la dirección correcta.
Otra mirada del conflicto es la que ha presentado el mismo Longueira. Consciente que la batalla de diciembre será dura, ha optado por poner sus esfuerzos en la elección parlamentaria. La participación del senador en la campaña de Piñera no dejaba de ser simbólica, asistiendo únicamente a un par de reuniones semanales y sin un rol definido. Por ello, resulta inteligente su opción de buscar asegurar la mayoría parlamentaria para la Alianza. Además, su cruzada personal de traer gente joven a la política ha rendido frutos y Longueira ya se ha puesto a disposición de toda esta nueva generación que quiere acceder al Congreso. Piñera, entonces, debiera agradecerle que le esté allanando el camino en un eventual gobierno suyo. Si Piñera llegase a ganar, tener un Congreso de oposición pondría freno a gran parte de las reformas que pretende impulsar. Si Longueira tiene éxito en su intento de sacar 61 diputados aliancistas, se habrá graduado de doctor en estrategia electoral y, de paso le dará un poder insospechado a la derecha.
Pero sin duda, lo más interesante de este episodio, es que Longueira ha decidido pagarles con la misma moneda a sus socios de RN y, de paso, demostrarle al resto de su partido por qué es uno de sus líderes más preclaros. Lo que nos está diciendo, es que si sus socios quieren competencia, competencia tendrán. A sabiendas de que es una de las personas con mayor arrastre de su sector, ha puesto su imagen y trabajo a favor de los candidatos UDI. El senador gremialista ha comprendido que la mejor forma de obtener nuevos escaños es a través de una pelea limpia, pero directa con sus socios.
Probablemente, el episodio de la renuncia no pase más allá de una anécdota más dentro de este año electoral. No obstante, queda en el aire la pregunta acerca de si la renuncia de Longueira se dio en el mejor momento o no. Mal que mal, su candidato presidencial entró en zona de riesgo en las encuestas y puede que su actitud le juegue en contra. Pero al menos, Longueira nos recuerda el viejo dicho de que la política es de frente y sin llorar.















